Libélula al aire libre

Apareció en el Patio de Baldovina una reciente tarde de enero, y la noticia de su concierto había congregado a una buena cantidad de público. Dentro de la instalación se celebraba la primera década de la revista digital La Jiribilla. Afuera, los transeúntes también quedaban cautivados por la seductora voz de Haydée Milanés, que reinó durante más de una hora en este céntrico recinto capitalino.

Ese día la autora de esa pieza de colección que ya es “Libélula” parecía sumamente inspirada. Dialogaba con fluidez con los espectadores mientras dejaba caer un rosario de canciones que conocen los secretos del amor —en toda la acepción de la palabra— y naturalizan, desde su vertiente más luminosa, el horizonte de sentimientos que surcan el alma humana. Mantenía una estrecha complicidad con los músicos de su banda, en su mayoría tan jóvenes como ella, que traducían el peculiar anecdotario personal recogido por los textos de Haydée, un anecdotario que podía ser común para cualquiera de los jóvenes que la escucharon esa tarde en el patio de La Jiribilla.

Por momentos, además, se alejó del escenario para dejar un poco a su suerte a los músicos que la acompañaban. Ocasión que los instrumentistas aprovecharon para mostrar sus dotes artísticas, un apartado en el que lució pletórico el trompetista Julio Padrón.

El intérprete facturó una actitud ante la música, con la que, más allá de dar una lección de virtuosismo, se empeñó en enseñar su costado como showman. El trompetista ganó para su esquina a todos los seguidores de la intensidad de la improvisación del jazz, y se quedó en soledad para protagonizar uno de los segmentos de alto voltaje del concierto, disparando hilarantes ráfagas de ritmos que transformaron sorpresivamente el escenario en una especie de gran ‘jam session’.

Pero, a decir verdad, los que han seguido desde sus inicios la ruta de Haydée podrían coincidir en que sus conciertos al aire libre también tienen mucho de esa inescrutable magia del mundo del jazz, y no conocen camisas de fuerzas que le impidan experimentar en vivo con nuevas fórmulas sonoras.

De hecho en sus actuaciones a cielo abierto es como si Haydée fuera más Haydée. Claro, lo anterior no indica que no domine el oficio de conquistar los grandes escenarios. Todo lo contrario. Porque a través de su corta, pero prolífica carrera, ha vivido momentos de luz en el circuito de los principales teatros de la Isla. En fin, en sus presentaciones más íntimas, como fue en esta ocasión el caso de La Jiribilla, se proyecta en todo su esplendor como una intérprete que solo necesita de ella misma para demostrar que es capaz de cautivar a su público con canciones que cuentan esas pequeñas historias de grandes momentos que definen para siempre la existencia de nuestras vidas.

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