
Escuché por primera vez en vivo a Haydée Milanés una noche de principios de siglo en el cine 23 y 12. En aquella oportunidad los que asistimos a su concierto tuvimos la grata sensación de que estábamos siendo parte de algo nuevo, del surgimiento de una artista que trataba, sobre todo, de conectarse con la búsqueda de novedosos lenguajes musicales antes que con el deseo de colocarse rápidamente en los primeros planos de la popularidad. Por esa fecha su proyección escénica guardaba una íntima relación con la delicada materia expresiva de las canciones que la habían dado a conocer a través de la radio y la televisión, en las que plasmaba los sentimientos que habían corrido por su vida de artista casi adolescente. Pero detrás de su seductora voz, su mirada frágil e introspectiva y su timidez escénica, se ocultaba una cantante que tenía todo para convertirse en una de las figuras femeninas más representativas de la canción cubana contemporánea. Y así fue. El paso del tiempo ha visto como Haydée Milanés ha construido de forma sincera e inteligente una carrera con un discurso musical propio, a partir de una insaciable curiosidad que la ha llevado a sumergirse en los ambientes del jazz, la bossa nova, el soul y la mejor tradición de la trova heredada de su padre, Pablo Milanés. Su labor artística, que concede tanto valor a la música como al contenido de las letras, aporta nuevas chispas de creatividad a la ciencia rítmica de la música cubana contemporánea, gracias a la recreación de textos que exploran en los insondables sentimientos del ser humano frente a su laberinto, en el mundo del amor y el desamor, y en los dramas existenciales que muchas veces caen en la vida fruto del azar. Por estos días Haydée tiene todas las razones del mundo para sentirse orgullosa: acaba de realizar una exitosa gira por todo el país para presentar su tercera producción discográfica A la felicidad y fue invitada la pasada semana para inaugurar el espacio La Hamaca del Centro Dulce María Loynaz, en la capital. Para la primera parte de su concierto en La Hamaca, armó un repertorio basado en temas de su más reciente álbum, como “En el muro del malecón”, “Quiero Ver” y “Llévame a ti”, respaldo por el espíritu colectivo de una banda que se entregó completamente al sutil universo sonoro propuesto por Haydée, quien demostró estar en uno de los mejores momentos de su carrera. Logró vencer el freno de la timidez que en ocasiones le impedía desplegar todas sus dotes musicales, estableció una relación interactiva con los espectadores, se movió con convicción en los cálidos registros sonoros de las piezas de su nuevo disco, y supo darle un nuevo sentido a canciones que ya se han ganado un puesto de honor dentro su catálogo discográfico, como “Libélula” y “Tanto Amar”, escrita por Descemer Bueno. La joven intérprete ya se había presentado a la largo del concierto como una artista capaz de asumir con soltura diversas combinaciones estilísticas y diluir las fronteras entre los ritmos. Pero lo sucedido en la segunda mitad del espectáculo puso de manifiesto, sorpresivamente, su gusto por los héroes de la música “disco” de los años 70, 80 y 90, y abrió de manera ingeniosa la puerta a un festejo sin reservas, al desgranar versiones de temas que han hecho bailar a todo el planeta y que no dejan de asomarse con sorprendente vitalidad a las pistas de las discotecas de todo el mundo. Tras regalarse la satisfacción de rendir homenaje principalmente a la euforia rítmica de éxitos de Donna Summer, Earth, Wind & Fire, Michael Jackson, Blondie y de los Jamiroquai, Haydée volvió a enseñar su costado más íntimo, apoyada en el delicado entramado sonoro de “Tú y yo” y “La música”, dos canciones que pusieron fin a un espectáculo que confirmó el particular lazo emotivo entre el público y una artista que tiene mucho que decir en la música cubana contemporánea. O más bien, como reveló a este redactor, le sirvió de prueba de fuego para su próximo gran proyecto: el concierto que ofrecerá en el teatro Karl Marx, en enero, para presentar su nuevo álbum con el que, indudablemente, se ha colocado un paso más cerca de la felicidad.
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